Oscil·lobatent
JÚLIA
LP
POP-ROCK CATALAN
HIDDEN TRACK (GRSHT128 01)
8435015528218
! Que toda casa se llene de viento!
De pequeñas, cuando a finales de verano el cielo anunciaba tormenta, nos encantaba abrir las ventanas de casa: era un regalo después de tantos días seguidos de bochorno sentir que, por fin, corría el aire. Las cortinas se alzaban y bailaban una danza fantasmagórica que observábamos fascinadas. Cuando el aire de tronada soplaba con fuerza, a veces las cortinas chocaban con los objetos que había cerca —un jarrón, una lámpara de mesa, un marco de fotos— con el riesgo de tirarlos al suelo y romperlos o, quién sabe, que se volaran por la ventana. Las madres se ponían nerviosas ante la escena y cerraban ventanas y balcones para evitar la posibilidad de cualquier daño material. Ahora, tantos años después, entendemos su inquietud: ¿cómo no podíamos caer en la obviedad de que de una ventada era muy posible que se rompieran unas cuantas cosas? Quizás sí que éramos conscientes, pero simplemente no nos importaba. Merecía la pena correr ese riesgo para notar cómo toda casa se llenaba de viento. Ahora, tantos años después, seguimos abriendo las ventanas cuando a finales de agosto los cielos se oscurecen. Hemos aprendido, eso sí, a no dejar cosas al lado de las cortinas para que puedan bailar sin obstáculos y así no tener que preocuparnos por posibles roturas y, a cambio, el viento inunda toda casa y nos recuerda que nada es eterno, tampoco el verano. Las ventanas de la Casa de Júlia también se han abierto cuando los cielos se han hecho oscuros, asumiendo el riesgo de que algunas cosas se puedan volar y otras, romper por el camino. Ha sido Estela Tormo quien las ha abierto de par en par en algunos momentos, y en otros solo de forma abatible, para que todo se impregne de aires nuevos. El resultado es «Oscil·lobatent» (Hidden Track Records, 2025), el cuarto álbum de estudio de la formación alcoiana, un disco juguetón, que se despliega con las variables y la inestabilidad inherentes a momentos de cambio. Las letras de las ocho canciones que conforman el LP dibujan imágenes potentes y trasmiten un anhelo por encontrar salidas posibles después de momentos de ruptura. Se trata, sin embargo, de un afán optimista que no teme la inestabilidad intrínseca a los cambios: al contrario, Tormo la abraza y la exprime con curiosidad para averiguar a dónde la acabarán llevando los sacudones.
«Oscil·lobatent» comienza con contundencia. La línea de bajo de «Animal» no deja lugar a dudas de que entran aires de renovación en casa Júlia. «Rara avis» supone el punto álgido de esta disrupción respecto a los sonidos anteriores, por corta, por condensada y por estridente, potente y distorsionada. A lo largo del disco, avanzamos de la mano de un pop sintético lleno de referencias, algunas eliberadamente descaradas, como los guiños a Cate Le Bon que encontramos en la polifónica «Ante Meridiem» o la versión sintética de su «Oh Am Gariad», traducida del galés al valenciano en un acto que podríamos calificar de justicia sociolingüística. También resuenan, de manera más velada, otras formaciones anglófonas como los canadienses Men I Trust o los ingleses Alt-J. Con todo, pistas como el optimista «Dalt» nos recuerdan que Júlia nunca ha abandonado del todo el hogar, el espacio primigenio donde nos construimos emocionalmente. Este regusto familiar que nos queda en la boca al escuchar todo el disco de cabo a rabo tiene un responsable: Javier Vicente aka Carasueño, el productor zaragozano que, desde Lar de Maravillas, ya se había ocupado de los trabajos anteriores del proyecto alcoiano. Lejos de hacer que todo se vuele, se rompa y se quede hecho un desastre, la oscil·lobatencia ha permitido a Júlia reafirmar su sonido. La combinación de guitarras ligeras y de percusiones suaves con la voz acariciante de Estela, todo siempre envuelto de sintetizadores que filtran con el dream pop, convierte el sonido de Júlia en uno reconocible que además, con este trabajo, se reafirma y se acuña como propio.
La guinda del pastel la pone «Totes santes», la canción que cierra el álbum y que condensa a la perfección el espíritu del trabajo. La pista arranca con un maullido lejano y breve que deja paso a una sonoridad espiritual, casi litúrgica. A medida que avanza la canción, a la guitarra y a la voz se les suman gradualmente otros instrumentos que engrandecen el sonido: primero un sintetizador, después la percusión y aún más sintetizadores. La melodía que se inicia a mitad de la canción se va repitiendo como una letanía que te embriaga, como te embriagaban las cortinas con su danza fantasmagórica de finales de verano y que, cuando ya no lo esperas, se detiene casi abruptamente como la ventana que, de golpe, se cerraba por una ventada y te rescataba del rapto a que te habían sometido las cortinas y su baile con el viento.
(texto de Lourdes Frasquet Porta)